El olvido
Bueno, ya que toqué un poco el olvido en el texto anterior, quería hablar un poco sobre eso, aunque creo que es más para ordenar un par de ideas que tengo en la cabeza.
El olvido puede ser algo tan común como algo tan trágico, si me lo preguntan.
Porque siempre que se habla del olvido, lo primero que se le viene a la cabeza son esos amores fallidos, aquel pariente que ya no está o una mascota perdida hace años.
Pero el olvido va más allá que eso: uno olvida algunos cumpleaños, olvida dónde deja las llaves, olvida incluso la comida de ayer.
Pero justamente cuando uno habla de olvido, siempre se asocia con amor o pérdida, porque esas pequeñas cosas que uno olvida son justamente tan insignificantes que la mente misma da el permiso de olvidarlas.
La verdad es que, obviamente, todos, al hablar del olvido, recordamos lo que ya pensábamos que habíamos olvidado y esas cosas siempre son tristes, porque la mente a veces es perversa y se aferra a los malos momentos; en parte siento que el olvido es como si cerráramos una puerta, pensando que todo lo que haya detrás de ella ya no será una molestia, pero, a su vez, dejamos una ventana entreabierta.
Como si ese último hilo de esperanza nunca se rompiera del todo, esperando el día que lo recordemos y volvamos a repetir esos ciclos de dolor.
Por eso creo que, en el fondo, estoy escribiendo esto, para tener en claro algunas ideas que tengo desde hace un tiempo.
El olvido es algo que no conozco bien. Hay algo casi universal que siento que no me deja olvidarme de muchas cosas; como persona detallista en algunos sentidos, recuerdo vívidamente muchos momentos de mi vida: una sonrisa, un odio, un amigo, un padre.
Nunca pude olvidar algunas cosas del todo, pero sí pude superarlas.
Creo firmemente en que uno debe recordar todo, por más doloroso que sea, para no repetir lo mismo una y otra vez, por siempre.
¿Es algo raro que el olvido venga de la mano con la pérdida?