Dejar ir
Dejar ir no es algo que se pueda forzar. No es difícil de construir, pero sí es contradictorio en todas sus partes; puede verse como si se intentara dibujar un círculo cuadrado. Buscamos un cambio, pero nosotros no cambiamos. Buscamos aquello que deseamos, pero mantenemos hábitos, pensamientos o creencias que son totalmente contrapuestas al fin que se busca. Esto pasa inconscientemente, incluso en las cosas que más nos gustan. Entonces, la pregunta no es simplemente: «¿Qué hago mal para no tenerlo?», sino «¿qué estoy manteniendo que me impide mantenerlo?». Realmente, cuando uno intenta dejar ir algo y no puede, es porque cambia lo superficial, pero no cambia lo de adentro; o quizás cambia tanto por dentro, pero sigue manteniendo esa imagen superficial. Realmente, el cambio ocurre cuando hay un equilibrio entre ambos, por más difícil que sea. Dejar ir es verdaderamente dejar de exigirle a tu realidad que sea de forma específica. Podés seguir queriendo algo y trabajando por ello. Pero lo que soltás es la necesidad de que ocurra ahora, exactamente como lo imaginaste. Porque incluso intentar soltar puede convertirse en control: «¿Por qué todavía me importa?». Seguís agarrándolo, solo que bajo el nombre de soltar. Soltar no es quedarte quieto. Es dejar de esperar el resultado para volver a vivir, actuar, percibir y perdonar para poder seguir. A veces implica dejar ir a una persona; otras, un pensamiento, un hábito, un patrón o una versión de vos que ya no puede sostener aquello que decís querer. Pero, al final, después de haber hablado de esto y realmente no dar ninguna respuesta milagrosa, tengo que decir que leer o hablar sobre el cambio no cambia nada; es como leer una receta y no cocinar. Este escrito no servirá de nada porque solo se verá bien para aquellos que intenten ver el olvido como algo imposible de cambiar si uno no da tregua sobre eso. El tiempo, al fin y al cabo, no cura esas cosas; incluso se puede morir esperando el momento perfecto para dejar ir. Todo lleva su tiempo, todo importa si uno se da el tiempo de dejar de esperar y empieza a vivir el cambio como algo rutinario, lleve el tiempo que lleve. Pero, más importante, nunca hay que perderse a uno mismo durante ese cambio. Tampoco sirve mentir; solo hay que aceptar que todo, en algún momento, llega a su fin y, por más que duela, hay que seguir.